Imagen sugestiva para masajistas eroticas

Cada día son más las personas que se ponen en manos de masajistas profesionales para disfrutar de un buen masaje, pero la experiencia que nos ha contado Sophia una de nuestras lectoras, con un masajista le cambio la forma de ver los masajes.

Hoy, os vamos a relatar la experiencia que vivió nuestra protagonista al que ha titulado como: Un masaje que acabo en algo más.


Antes de comenzar

Me gustaría presentarme: Mi nombre es Sophia y soy una mujer casada de treinta y dos años. Soy muy feliz con mi familia, ya que soy madre de dos preciosas niñas, pero, a veces, me gusta dejarme llevar por mis fantasías.

Una tarde que había salido al centro comercial para hacer unas compras pase por un local que me llamo la atención, su nombre era “Relax Masajes Personalizados”. Eso de personalizados llamo mi atención, así que entre en el establecimiento y me aproxime a la recepcionista para preguntarle que tipos de masajes realizaban en el lugar y cuál me recomendaba. Ella me recomendó el personalizado y me explico que este tenía una duración de una hora y, si quería, podía extender la tarifa por el 50% adicional.

— ¿Quiere que le de el masaje un hombre o una mujer? — Me pregunto.

— Me da igual — Respondí.

— Ella asintió.

— Si quiere cambiar al masajista durante la sesión, no hay ningún problema — Me informa.

— Okey, gracias.

Pague con mi tarjeta por una hora de masaje y la chica me acompaño a una sala muy bien equipada con una ventana que daba a un jardín con una enorme fuente y bastante vegetación algo que me llamo la atención en contraste con la habitación que era totalmente blanca.

Otra de las cosas de las que me percate era que la camilla era muy parecida a la que usaban los ginecólogos, con un par de apoyos para los pies, la cual parecía bastante cómoda.

Cuando la joven que me había acompañado hasta la sala se marchó, me quite la ropa hasta quedarme en bragas y me acosté en la camilla bocabajo a la espera de que la persona encargada de darme el masaje apareciera.

Este, un chico de unos veinticinco años, entro a los pocos minutos, coloco una toalla sobre mis glúteos mientras que la lámpara que puso sobre mí calentaba mi cuerpo. Comenzó masajeando mis hombros, brazos, manos y espaldas. Sus manos eran pura magia e hizo que me relajara y olvidará de todos.

Al cabo de unos 15 minutos, Héctor retiro la toalla de mis glúteos para masajear esa zona. Me tensé al principio, pero sus manos hicieron que me relajase de nuevo al instante.

Luego, tras un rato frotando esa zona, me quito mis bragas y fue echando sobre mi cuerpo aceite que fue extendiendo con sus manos sobre todo mi cuerpo hasta que se detuvo cerca de mi orificio y lo fue como preparándolo para algo más. Los pensamientos que pasaban por mi cabeza en ese instante hicieron que me excitara.

— Tienes un cuerpo hermoso, señora — Habló el muchacho.

— Gracias, Héctor.

Él continuó con sus masajes cada vez más enfocado a mis partes intimas lo que fue provocando que mi ansiedad aumentara. Cuando me pidió que me pusiera bocarriba y que apoyara las piernas en los soportes, quedando estás bastante elevada y separadas.

No estaba acostumbrada a exhibirme ante otra persona que no fuese mi marido y, aún menos en esta posición, trate de disimularlo.

Esparció aceite sobre mi pecho, abdomen, piernas y en la zona de alrededor de mi sexo estimulándolo a partir de masajes.

La cantidad de aceite fue disminuyendo en mi vagina hasta que permitieron el fácil acceso de los dedos de Héctor en ella provocando que mis hormonas se revolucionaran y entremetiendo mi respiración mientras pequeños gemidos de placer ser escapaban de mi boca a causa de sus rápidas penetraciones y la fricción de sus dedos sobre mi clítoris.

Sus manos volvieron a subir hasta mis pechos, amasándolos y pellizcando mis sensibles pezones con una excelente maestría hasta que estos se volvieron rígidos. Por más que lo intentara, era imposible contener mis gemidos y los estremecimientos de mi cuerpo.

Héctor continuó masajeando mi vagina y desplazando sus dedos por ella mientes oprimía mis labios superiores, incrustando sus dedos en mí y frotando mi hipersensible clítoris elevando cada segundo un poco más mi arrebato. Volvió a introducir sus dedos rápidamente en mi interior sin ayuda de ningún tipo de lubricante mientras mi clítoris no dejaba de ser acosado.

Mi excitación cada vez era más elevada mientras los dedos de ese hombre continuaban abriéndose paso entre mi conducto, con entradas y salidas rápidas que hacían que mi cuerpo cada vez estuviera más estimulado por los efectos de esa incursión, provocando que mi ritmo cardiaco aumentara.

Mi cuerpo se estremecía arqueándose y contrayéndose por el intento y continuo acometimiento.

En un momento de lujuria, agarré la cabeza de Héctor y lo atraje hacia mí, quedando el rostro de este a escasos centímetros de mi vagina.

Él clavó sus ojos azules sobre mí, y cegada por la excitación, le di permiso para que me probara con su boca. Pocos minutos después, me hizo tener un orgasmo que ni mi marido me había provocado en los diez años que llevábamos juntos.

 Aquel masaje que iba a ser algo inocente, se convirtió en un mensaje erótico, que, sin duda, se convirtió en la mejor experiencia sexual de mi vida.

Mi marido aún no sabe nada de ello y espero que siga así porque, desde aquel día, he estado buscando contactos de masajes eróticos en internet, masajes eróticos para mujeres y videos de masajes eróticos para recordar a Héctor y sus mágicas manos y lengua que me hicieron ver las estrellas.  


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